Dejad que pasen las horas...
Sordo, completamente sordo y ni siquiera lo sabía. Y se iba consumiendo. Las pequeñas derrotas le iban diciendo que día tras otro se iba cada vez más lejos. Pero el sol sale una y otra vez, no importa qué pase.
Tan sordo que no se oía ni a sí mismo.
Le gustaba la música, sobre todo esas canciones que son tan perfectas que no necesitas comprenderlas. Cuando las oía pensaba en el futuro, fuera bueno o malo, y se sentía estúpido de lo sobrecogedor que le resultaba. A veces se imaginaba a sí mismo como un abuelo, pero ni siquiera sabía ponerse cara a sí mismo, como en sus sueños. Quizás sólo un mal día, un mal mes. Pero cuando se paraba para preguntarse cómo había llegado hasta donde estaba intentaba recordar cuándo paso de largo del punto sin retorno. Ya no hay vuelta atrás. Hasta la decisión menos comprometedora acaba por meterte de lleno en el fango. Sin darse cuenta se había convertido en un tipo inaccesible, y eso le dolía, porque no sabía como remediarlo.
"Qué estupidez". El sol saldrá mañana y el tiempo, inexorable, sigue pasando.
EMPAREDADO






